La primera en la frente

Aún no ha sido nombrado uno director y ya se entera de que la petición de profesorado se realiza antes de la matrícula de los alumnos. La petición de profesorado se hace a principios de julio, y la matrícula finaliza tras los exámenes de septiembre. En teoría eso quiere decir que no se actúa bajo demanda, si no bajo oferta: no es un esquema demasiado comercial, pues lo que se enseña depende de lo que se tiene para enseñar.

La solución es que, a ojo, se calcula más o menos qué alumnos van a optar por qué asignaturas, o se les pasa un cuestionario no vinculante para que estimen qué van a querer, o ambas cosas. Dada la rigidez a posteriori que impone la petición de profesorado (no siempre ajustada a razones pedagógicas) , el curso nace de alguna forma condicionado, y no necesariamente para bien. Y más teniendo en cuenta que los planes de estudios están desmigajados en múltiples optativas, no siempre fáciles de justificar, ni por su carga horaria ni por su temática. De la optatividad excesiva podríamos hablar durante horas: de cómo cada profesor o departamento defiendemos con uñas y dientes nuestro pequeño feudo escolar, de cómo cada pequeño principado académico es, en ocasiones, sobrevalorado en su importancia, como si la Historia del macramé y el punto de cruz (materia que me acabo de inventar) fuera un asignatura vital para la formación de un bachiller; de cómo tales materias las asumimos los departamentos como una propiedad inalienable. Por no hablar del absurdo que supone dedicar cuatro horas lectivas a la semana a materias tan terriblemente específicas, mientras la asignaturas generales y de referencia ven mermada su carga horaria hasta las tres e incluso dos horas semanales.

A uno le gustaría saber qué criterios se siguen en los ministerios y las consellerías para decidir los planes de estudio.

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