La curiosidad bien entendida

En el condado de Wiltshire, en Inglaterra, en medio de una notable planicie, se recorta la silueta de Stonehenge.

Pese a las limitaciones impuestas por English Heritage (la institución encargada de su conservación), pese a la afluencia de turistas, pese al cordón que impide acercarse a las piedras, pese a la valla de seguridad que rodea el complejo, pese a que hay que pagar para verlo, pese a que dos de las principales carreteras del suroeste de Inglaterra comprimen el monumento, pese a (o tal vez por) los 300 kilómetros de pesada bicicleta que llevábamos a cuestas y las noches pasadas al raso, pese a todo eso, la visión de Stonehenge fue sobrecogedora: es casi imposible quedarse indiferente.

Actualmente cuatro veces al año (cada solsticio y cada equinoccio) cientos de personas se reúnen en el lugar para celebrar la salida del Sol, celebrar supuestos ritos druídicos o neopaganos, o simplemente emborracharse. Bendita inocencia: la precesión de los equinoccios (un lento movimiento del eje terrestre descubierto hace 2200 años por Hiparco de Nicea) ha descuadrado en más o menos 58 minutos de arco la orientación del monumento. Tendríamos que esperar cerca de 22.000 años para ver salir el Sol entre las piedras correctas. O eso, o mover todo el complejo hasta que coincidiera con el punto exacto de orientación hoy perdido.

Stonehenge_Wide_Angle

Cuando en Egipto se levantaban las pirámides Stonehenge ya llevaba mil años contruyéndose. No se sabe (ni tal vez se sepa nunca) para qué se levantó. Pero sí sabemos cuándo. Para datar el complejo actual se emplearon mediciones astronómicas: en 1901 Norman Lockyer buscó el año en que el solsticio de verano llegó a coinicidir con la peculiar orientación de la llamada Piedra Talón, y obtuvo la antigüedad de la actual distribución de piedras: 3800 años, más o menos, una época en la que los druidas ni existían. De las pocas cosas que se saben, una de ellas es que marcaba la salida del Sol en el día más largo del año, el solsticio de verano. Una floreciente comunidad neolítica precéltica se afanó durante unos cuantos milenios en construír y mantener sucesivas ediciones del complejo alineado. Luego, sin que sepamos por qué, y como tantos otros asuntos humanos, todo fue abandonado.

Uno de los presentes comentó, con los ojos muy abiertos, sus impresiones: la energía cósmica que el lugar desprendía, el deseo de abrazar las piedras, etc (lo de abrazar las piedras es enfermizo habitual: en el complejo de la vecina Avesbury, donde no hay cordón de seguridad, pude ver a muchas personas hacerlo). Supongo que cada uno experimenta las sensaciones como quiere, o como puede, o como le conviene. Entonces le expliqué que eran simples pedruscos, las huellas de otros seres humanos como nosotros que intentaron comprender el cosmos y que de hecho lo lograron en parte, al ser capaces de entender vagamente el mecanismo estacional del planeta Tierra. Eso, y el ingenio necesario para trasladar y levantar las piedras en su lugar exacto, son méritos suficientes para que nos sintamos admirados.

Me alegró observar que tras la breve y farragosa explicación su éxtasis no disminuyó. No es necesario recurrir a ninguna extravagancia para cultivar el asombro cotidiano: la respuesta está en el conocimiento bien entendido, suficiente para saciar varias vidas enteras de curiosidad.

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2 comentarios

  1. iznogud el infame said,

    24 agosto 2009 a 6:52 pm

    Bueno; eu conozo xente que abraza árbores para captar parte da súa enerxía, e iso lle fai sentirse máis pleno, máis forte.. en fin, máis feliz. Posiblemente non sexa moi científico, pero se temos en conta que a emoción e o convencemento con que un o fai provoca (posiblemente) unha pequena secreción de endorfinas, que diferencia, digo eu, hai entre iso, facer exercicio, namorarse, rezar, tocar un instrumento, ou aumentar o coñecemento. En todo caso, non se fai mal ningún. Claro que sempre haberá que manter unha sana actitude de autocrítica, por que crerse calquera couse de xeito irracional, pode ser moi perigoso

    • iesonoies said,

      25 agosto 2009 a 8:18 am

      Non era a miña intención ridiculizar nada: entendo que abrazar pedras pode ter o seu simbolismo, ou o seu interese terapéutico. É certo que tamén lle damos coa cabeza ó santo dos croques… e tamén é certo que non vin a ninguén abrazar as pedras dos cimiterios do suroeste de Inglaterra, tan curiosiños eles. O que non comprendo é cómo pode medrar tanta parafernalia ó redor dun monumento sobre o cal case non sabemos nada. O único que me gusta de todo o asunto é que polo menos resulta ser unha alternativa á aborrecente relixión oficial. Preferiría un pouquiño máis de seriedade.


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