Veraneo sin suspensos: la extravagante historia del verano que duró siete meses

Versión en galego.

El año 1973 cien mil estudiantes españoles que acababan de terminar el bachillerato tuvieron, por orden del Ministerio de Educación, siete meses de vacaciones de verano: desde mayo de ese año hasta enero del año siguiente. Un nombramiento atolondrado, un excéntrico ministro, una decisión tomada sin consultar a nadie y un atentado terrorista se conjuraron para que tal cosa sucediera una sola vez, para pasmo de profesores, padres, ciudadanos en general y del propio gobierno franquista, y sobre todo, para regocijo de los estudiantes que aquel año pasaron unas inolvidables vacaciones de siete meses, las más largas que recuerde la historia de la educación española en tiempos de paz.

Esta es la semiolvidada y verdadera historia de cómo tuvo lugar esa conjunción de sucesos, de cómo nadie hizo nada por evitarlos, y de cómo se salió del embrollo académico a golpe de decreto. Pónganse cómodos porque la historia es larga de contar.

Corría el año 1973 y el régimen de Franco estaba moribundo. El Generalísimo decide nombrar presidente del gobierno a Carrero Blanco. Un cambio en la presidencia implicaba hacer movimientos en los ministerios, de manera que Villar Palasí, que se encontraba al frente del de Educación y Ciencia, fue cesado. Su sucesor, por orden de Carrero Blanco, fue Julio Rodríguez Martínez, sin duda el ministro de educación más extravagante y disparatado que ha conocido la reciente historia educativa española, un insospechado Paladín del Estudiantado y firme candidato a Santo Patrón de las Vacaciones.

Julio Rodríguez Martínez,
olvidado benefactor de los estudiantes.
Créditos: Ministerio de Educación.

Todo parece haberse iniciado en una confusión. Franco consultó su lista de ministrables y he hizo llamar a uno de ellos… pensando que estaba llamando a otro.

El nombramiento de este catedrático, de 45 años, natural de Armilla, afincado en Madrid, ha sido de carambola, según las lenguas políticas de la época. Cuando a Franco le comunica Carrero que un catedrático granadino se hará cargo de la cartera de Educación, el general piensa que se trata del prestigioso catedrático de Derecho Político y ex-rector de la Universidad granadina, Luis Sánchez-Agesta; pero cuando quiso caer en la cuenta, su leal almirante le aclara la confusión. (…) Su casa [la del recién nombrado ministro] rebosa alegría. El matrimonio aparece feliz con sus cinco hijos. De sus declaraciones, he entresacado una en la que Julio trata de buscar la definición de su personalidad política: “Soy liberal… ser liberal no es, como algunos lo interpretan, pasarme los semáforos en rojo”. (Fuente: Transición andaluza) (1).

No debiera de extrañarnos que la historia fuera cierta: los cambios de gabinete eran constantes durante el franquismo, y tenían como objetivo mantener el equilibrio de las diferentes familias del régimen, de forma que no siempre se escogía un ministro por sus idoneidad para el cargo. En todo caso, y según consta en la página del Congreso don Julio fue ministro de Agricultura varias veces, pero como si la carambola fuera una constante en su vida, lo fue siempre por ausencia del titular. Sin duda donde demostró sus dotes visionarias fue en el Ministerio de Educación y Ciencia, donde entró a trabajar el 9 de junio de 1973.

Ya en su nuevo despacho, el señor Julio, nada menos que Catedrático de Cristalografía, Mineralogía y Mineralotecnia, maquinó una de las medidas más delirantes que se recuerden en la administración educativa española, por otro lado tan dada a los desatinos: la decisión de hacer coincidir el calendario escolar con el año natural. Según su particular calendario revolucionario, el curso comenzaría en enero, después de la fiesta de los Reyes Magos, y terminaría en diciembre, antes de navidades. No sabemos si don Julio lo previó o no, pero el caso es que eso implicaba que cien mil bachilleres tendrían unas vacaciones de verano de siete meses. Nunca los estudiantes preuniversitarios debieron estar tan agradecidos a un ministro de educación.

Para evitar contratiempos que entorpecieran sus planes subversivos Julio Rodríguez decidió aprovechar el efecto sorpresa. En una entrevista al diario ABC del 29 de agosto de 1973, y en otra en La Vanguardia el 11 de septiembre, el ministro todavía aseguraba que el plan piloto afectaría sólo a las universidades de Málaga, Extremadura y la cuarta de Madrid, todavía sin crear. Además, según cuentan las crónicas (2), en reciente Consejo de Rectores se había tratado todo el asunto, y no se había aprobado, si no más bien habían acordado estudiarlo con más calma. Fue entonces cuando el original ministro de educación decidió falsificar las actas de la reunión, simulando que el Consejo daba su visto bueno a la operación. Cuando en el siguiente Consejo del 22 de septiembre todo el mundo se dio cuenta del engaño la Orden ministerial ya estaba a punto de ser aprobada. No había plan piloto: Julio tenía la decisión tomada, y el nuevo calendario se aplicaría a toda la universidad española.

En un histórico BOE del 29 de septiembre de 1973 se publica la Orden del día 27 anterior, que determina la aplicación inmediata del nuevo plan, llamado desde entonces con mofa calendario juliano. Merece la pena echar un vistazo a la exposición de motivos de esa Orden del 27 de septiembre, un ejemplo de cómo la autoridad absoluta, si pierde el control, puede convertirse en inesperadamente transgresora:

Con el fin de proporcionar más y mejor educación universitaria, ha de constituirse un sistema educativo que desarrolle al máximo la capacidad de todos y cada uno de los alumnos, mediante la racionalización de algunos aspectos del proceso educativo, aunque para lograrlo deban someterse a revisión algunos esquemas tradicionales.

Fiel a esta idea, se adopta en la presente Orden la medida de política educativa consistente en modificar, con carácter experimental, el tradicional calendario universitario adecuando el año académico al natural, con el convencimiento de que con ello se contribuye a hacer realidad la parte esencial y más noble de la reforma educativa: La calidad de la enseñanza.

Conviene detenerse un momento en esas penetrantes ideas de don Julio: la calidad de la enseñanza como motivo principal de la reforma, la revisión de esquemas tradicionales, vuelta a la naturaleza… ¿Cabe un ministro más hippie? Pues no se pierdan lo que viene a continuación:

En el orden sociológico, dado el derecho de todo ciudadano de un tiempo dedicado al descanso, el sistema que establece permite que todos los alumnos puedan tener su periodo de vacaciones veraniegas obviando los inconvenientes, en este aspecto, de la estructura actual del curso académico, que motiva que los alumnos menos dotados o en los que confluyan circunstancias de la más variada índole no tengan realmente vacaciones, porque cumplido el actual periodo lectivo deben proseguir su preparación para los exámenes de septiembre.

En la Orden del 27 de septiembre descubrimos al Julio más sensible: se acuerda con cariño los suspendedores, tiene en cuenta los menos dotados, acoje en su seno a los desfavorecidos por la suerte, vindica el descanso estival como un derecho humano inalienable… La Orden del BOE se completa con una disertación acerca de la conveniencia de adecuar el año presupuestario y el académico (suponemos que, dado su amor por el descanso, para facilitar la vida a los administradores universitarios), así como la idoneidad de hacer coincidir el año castrense con el escolar (aquí vemos la faceta antimilitarista de don Julio, empeñado en no distraer a los alumnos con fruslerías cuarteleras). No son de despreciar otras medidas de honda inspiración humanitaria: el diseño de unos cómodos plazos de implantación (se comenzaría por primero de carrera) y la previsión, en la disposición 7.1, de cursos de recuperación para los alumnos que quedaran descolgados por culpa de los cambios del calendario (¡qué candidez!). Ni el anarquista Paul Lafargue, en sus sueños más húmedos, hubiera soñado con tan nobles principios. Y es que del carácter sensible del ministro ya se tenían noticias gracias a su vena poética.

Histórico BOE del 29 de septiembre de 1973,
instaurando el calendario juliano.
(pulse en la imagen para ampliarlo).

Para disimular sus actividades descaradamente contraculturales Julio decidió expedientar a unos cuantos catedráticos y profesores de universidad, blandiendo como excusa “la Libertad basada en la Autoridad escrita con mayúscula” (todo un eslogan de clara inspiración ácrata), aunque luego les perdonó (3). La confusión propia de los regímenes en descomposición y el sacrosanto respeto a la autoridad se aliaron para que don Julio se saliera con la suya sin rendir cuentas a nadie. La revolución estaba en marcha y nada ni nadie podía pararla.

Las universidades aplicaron la medida sin ningún entusiasmo. En efecto, la Orden ministerial era de inmediato cumplimiento para todo el sistema universitario español, si bien sólo para primero de carrera. Los que ese año pasaban del bachillerato a la Universidad habrían de esperar a enero siguiente para ponerse a estudiar de nuevo: ¡¡siete meses, siete, de vacaciones por la patilla!! ¡¡Y así todos los años al terminar el bachillerato!! Los testimonios de la época muestran el alborozo con que fue recibida la medida. Ese año por primera vez en la historia miles de bachilleres españoles disfrutaron de unas largas vacaciones, casi eternas, obligatorias y por orden gubernativa.

El cambio generó, como queda dicho, airadas quejas en la Universidad. Incluso entre el levantisco estudiantado, que tal vez por aquello de disimular, también protestó. El caos provocado por la precipitada entrada en vigor del nuevo calendario fue aprovechado por los alumnos con mayor conciencia política antifranquista para montar bulla en los campus, dado que no tenían nada mejor que hacer durante un trimestre entero: el tiempo libre que el nuevo calendario les daba lo dedicaron a protestar… contra el nuevo calendario. Es evidente que algunos no entendieron el giro progresista que estaba dando el ministro. Muchos alumnos, en su despiste, se portaron tan mal que desde el aparato del Estado se comenzó a pedir la cabeza del indomable Julio Rodríguez: en el contexto político de la época, suponemos, provocar algaradas universitarias era un grave error de cálculo político, pues uno de los núcleos más activos contra el régimen era precisamente la Universidad.

Entonces mataron a Carrero Blanco y se terminó el largo verano de la anarquía: muerto su valedor don Julio recibió un cese fulminante, y el 3 de enero de 1974 abandonó el Ministerio tras seis intensos meses de trabajo, motivo por el cual pasó a ser llamado “Julio el Breve”. Nunca sabremos si don Julio tenía preparada otra Orden ministerial revolucionaria declarando vacaciones eternas para los estudiantes de todos los niveles, desde la EGB hasta el Tercer Ciclo.

Atentado de ETA contra Carrero Blanco:
por culpa de ETA los bachilleres quedaron sin vacaciones.

Al parecer el señor ministro había negado el saludo al cardenal Tarancón durante el funeral de Carrero (suponemos que siguiendo sus convicciones políticas ultrafranquistas afines al Opus Dei o, tal vez, por solidaridad con los cien mil estudiantes que gracias a su perspicacia seguían de vacaciones de verano en pleno mes de diciembre). El gesto desairado le valió caer en desgracia ante parte de la cúpula tardofranquista. Pero ese no parece ser el único semáforo en rojo que se saltó el señor ministro. Las medidas propuestas durante su breve mandato fueron algo más que polémicas:

No hay que olvidar que la etapa de ministerio de Julio Rodríguez había sido tan excepcional en cuanto a las medidas universitarias adoptadas, que sus decisiones adquirieron un gran descrédito, incluso en los medios más adeptos al régimen y en los círculos gubernamentales y de la administración. (Fuente: Universidad de Alcalá).

Imágenes de la época:
don Julio destaca por su altura en el minuto 0:58
y en el 2:42 aparece sentado a la derecha de Arias Navarro.
En ambos momentos está disimulando
que es un underground infiltrado en el régimen.

Como relevo de nuestro simpático libertador fue nombrado nuevo ministro Cruz Martínez Esteruelas, un gris abogado nada amigo de la flojera estudiantil: dando un giro a la gestión del ministerio impulsó la odiada selectividad y cerró la Universidad de Valladolid por desórdenes públicos, entre otras medidas antisubversivas. Y derogó el bendito calendario juliano.

Esteruelas firmó el ominoso decreto 198/1974 de 25 de enero que devolvía las calendas a su cauce y la tristeza a los corazones de los estudiantes. Llama la atención, de nuevo, la exposición de motivos, en la que pone a caer de un burro a su predecesor:

Al fijar con carácter experimental un calendario para las Universidades adecuado al año natural se proponía una mejora sustantiva en el rendimiento de la docencia que, necesariamente, quedaba subordinada a las posibilidades reales de la Universidad (…) [además] se producía una solución de continuidad -con discriminación en el calendario y un trimestre poco utilizable- entre los estudios medios y el comienzo de los universitarios que (…) se ha revelado infructuoso, en lo que coiciden las consultas realizadas. En segundo lugar, el calendario escolar -cuya unidad exige la ley- no puede separarse del funcionamiento general de la vida social del país.

En definitiva, el nuevo ministro está llamando panoli al anterior, le está acusando de saltarse la ley a la torera, de hacer perder el tiempo a los bachilleres, de haber descalabrado el calendario de exámenes, de haber hecho las cosas sin preguntar a nadie, de haber descoordinado a la universidad española respecto a la extranjera (cosa que en aquella época no debía ser nada difícil), de no haber mejorado nada y de haber empeorado todo. Y por si esto fuera poco, el nuevo ministro da la estocada definitiva a la anterior reglamentación sugiriéndole a su predecesor que los experimentos los hiciera en su casa y con gaseosa:

Las ansias innovadoras lógicas en busca de una mayor perfección, y establecidas con carácter experimental, se han encontrado con realidades, como son las razones expuestas, que aconsejan volver al calendario por cursos escolares (…).

De esta guisa el nuevo calendario quedaba anulado cuando solamente llevaba unos días funcionando. Eso sí, por el camino quedó dilapidado un trimestre universitario entero. Es evidente que  cuando aumentan las vacaciones es porque el curso ha quedado reducido proporcionalmente. Que sepamos nunca se recuperó el tiempo perdido, para mayor gloria de la calidad educativa y nuevo regocijo estudiantil (y, suponemos, profesoril).

Ominoso decreto 194/1974,
derogando el calendario juliano.
(pulse en la imagen para ampliarlo).

En cuanto a Julio Rodríguez Martínez, pese a su breve estancia de seis meses en el ministerio tuvo el valor de escribir un libro sobre su experiencia: Impresiones de un ministro del almirante Carrero Blanco (aquí se puede leer en primicia el primer capítulo).

Ya como ex-ministro, y en una entrevista en ABC [parte 1, parte 2] don Julio reflexiona con melancolía sobre el pasado e insiste en la necesaria reforma del calendario escolar. La entrevista no tiene desperdicio, y es una nueva expresión de amor por los estudiantes:

ABC: ¿No eran unas innovaciones excesivamente radicales?
JRM: Yo pienso que la única forma de erradicar la subversión de la Universidad es reforzar la autoridad académica. La modificación del calendario se hizo a modo experimental, entre otras razones porque había que impedir que en octubre entraran cien mil nuevos alumnos en las aulas, cifra para la que la Universidad no estaba capacitada. Otra razón era la de adecuar el año académico al año económico y tender a un veraneo sin suspensos. Pero sucede que, aunque nos consideremos muy aperturistas y europeos, cuando intentamos introducir, aunque sea a modo experimental, una modificación en las costumbres, nos rasgamos las vestiduras.
(4)

Los estudiantes españoles deberían canonizar a este hombre, el único ministro de educación de la historia de España que ha reclamado una canícula libre de exámenes, enfrentándose para ello a una caterva de reaccionarios incapaces de aceptar la modernidad y la innovación pedagógica y perdiendo el cargo por por su heroísmo. Para argumentar tan noble fin echaba mano incluso de la Inmaculada Concepción, una razón tan digna como cualquier otra para tener a cien mil alumnos de vacaciones durante siete meses:

ABC: Pero, ¿se basaba esta experiencia en alguna ya producida en el extranjero?
JRM: No se basaba más que en la observación y el estudio de nuestra realidad, de los supuestos de la Universidad y la vida académica española. Tampoco hemos tenido que seguir al extranjero para el descubrimiento de América o para definir el dogma de la Inmaculada.

Y como don Julio nunca decepciona, la guinda la pone hacia el final de la entrevista:

ABC: ¿Mantiene usted contacto con Cruz Martínez Esteruelas [el nuevo ministro de Educación]?
JRM: Le ofrecí mi colaboración si la precisaba al recibirle en el Ministerio. Pero no tengo contacto. No ha debido precisar mi ofrecimiento.(…)

Lo que no sabemos es de qué se extrañaba don Julio, pues es destino de los visionarios caer en el descrédito.

Y llegamos al final de nuestra investigación. El ministro más dicharachero que ha pasado por la educación española, Julio Rodríguez Martínez, apóstol de los suspendedores, moriría a principios de 1979 en Santiago de Chile, donde estaba visitando a su amigo Pinochet, dejando así huérfanos a todos los estudiantes de España. Fue enterrado en Motril, y su reforma cayó en el más injusto de los olvidos. Nadie ha propuesto nombrarlo Santo Patrono de las Vacaciones, algo que perfectamente se merecería, aunque fuera, como siempre, por simple carambola.
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Nota: la presente investigación se ha hecho por sugerencia de una compañera de trabajo que recuerda haber vivido con alegría aquellos siete meses de asueto, y que tuvo el privilegio de pertenecer al selecto curso 1974/74. Valga esta larga historia para recordarnos que estos tiempos de extravagancias educativas no son nuevos. Es evidente que cuando los disparates aflojan la soga del estudiante duran menos que la nieve en agosto.

Algunas fuentes consultadas:
(1) AAVV, Crónica de un sueño, Centro de estudios andaluces, Sevilla, 2005, página 30.
(2) Alberto Carrillo Linares: Subversivos y malditos en la Universidad de Sevilla, Centro de estudios andaluces, Sevilla, 2008, página 377.
(3) Ídem, página 379.
(4) Entrevista en ABC del 16 de diciembre de 1974. Hemeroteca ABC, parte 1, parte 2 [PDF: ojo, que tarda en descargarse].

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